La paz de la OTAN

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Artículo publicado el 11.06.2021 en La Vanguardia por el cofundador del Instituto 9 de Mayo.

La forma en la que nos vienen transmitidos a nuestra cotidianidad conflictos lejanos y cercanos se asemeja, lamentablemente, a la forma en la que nos ofertan un producto en el lineal del supermercado. Se presenta como un objeto frío, inanimado, ordenado y colorido, pero desconectado de la dura realidad que esconde.

Cuando leemos que, tras la anexión ilegal de Crimea, en siete años de presencia de tropas rusas en el este de Ucrania han muerto más de 13 mil personas, lo clasificamos subconscientemente en el apartado de problemas ajenos de un mundo cruel sin darnos siquiera tiempo a conectar emocionalmente con las víctimas de un país invadido que no debería ser cualquier país para nosotros.

Si aún no podemos decir que Ucrania es parte de la Unión Europea, sí lo es de Europa. Pues como dijo Francisco Fernández Ordóñez tras la independencia ucraniana de la URSS, Ucrania ha regresado a Europa y tiene pleno derecho a seguir su propio camino. De hecho, el que fuera ministro de Exteriores español hace tres décadas, aseguraba “la cooperación, la solidaridad y el apoyo de España en esta tarea tan difícil como exaltante de recuperación de la identidad ucrania”.

Nuestro vecino europeo, con sacrificio y valentía, está pagando un alto precio por su resurgir identitario. Más aún: tras Georgia, Moldavia o Azerbaiyán, Ucrania está siendo la última una frontera física y simbólica frente a la violación de los derechos humanos, los ataques contra la soberanía de los países, el sometimiento de las minorías, los presos de conciencia, los asesinatos por encargo a políticos y periodistas, la desinformación y manipulación informativa y muchos otros peligros que los europeos conseguimos exorcizar de nuestras sociedades pero que por ello no han dejado de existir en el otro extremo de nuestro continente.

Si no acabamos de conectar con el dato de los 13.000 fallecidos en su propio territorio, se trata de una cifra que se asemeja –según investigaciones del MIT– a toda la gente que cada uno de nosotros, de media, habremos conocido a lo largo de nuestra vida. Han muerto no de forma natural, no por accidente, ni por llevar una vida poco saludable. Sino porque el imperialismo, frente al que surgió la OTAN, no ha desaparecido en 1991.

En efecto, la OTAN es la solución que ha conseguido, desde hace más de 70 años, paz y estabilidad bajo un sencillo concepto de defensa colectiva. La consecuencia práctica es que las naciones abusonas/bullies que aprovechan su superioridad para atacar a otras naciones por motivos de limpieza étnica, religiosa, política, geoestratégica o por puro afán expansionista se lo piensan dos veces, o si no se lo piensan se retractan en cuanto la OTAN reacciona. De ahí que Rusia intente por todos los medios que la alianza atlántica no crezca.

Puede ser poco romántica esta afirmación, pero me temo que la paz que deriva de la defensa colectiva parte de un principio esencial en el ser humano: es más fácil matar por una causa que morir por ella. El cálculo del coste de oportunidad de ese anhelo imperial pasa por la contestación potencial que pueda recibir el agresor. Todos sabemos qué pasa con los abusones cuando se les planta cara.

El mantenimiento de la paz europea y la estabilidad en el orden occidental no tiene otra alternativa que reforzar la llamada política de puertas abiertas de la OTAN. Ya en 2008, en la cumbre de Bucarest, la adhesión a la OTAN de Ucrania y Georgia se condicionó solo al cumplimiento de requisitos, los cuales si bien nunca llegaron a concretizarse en un plan de acción. Ahora, en este año de varias reuniones al más alto nivel, la OTAN habría de trazar con los gobiernos de estos dos países una hoja de ruta real para pasar de socios a aliados.

En este sentido, ante las próximas cumbres de la OTAN a mediados de junio y en diciembre, es necesario que la postura de nuestro gobierno nacional redunde en convertir el problema de Rusia en una solución para la paz de sus vecinos.

* Esta publicación puede contener opiniones personales del autor que no representan, necesariamiente, la postura del Instituto 9 de Mayo.

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